Gibran Hernández
Alfaro es un tipo narcicista y obsesionado con el poder como tantos políticos de pocas luces que abundan no sólo en México, sino en el mundo. Siempre ha querido ser gobernador de Jalisco y ahora que lo logró al fin, en su megalomanía enfermiza pretendía ser candidato a la presidencia de nuestra república, digo pretendía porque él mismo terminó de cavar su tumba política y ahora le está poniendo lozas de concreto y plomo a la misma con la represión brutal que ordenó después del cobarde asesinato de Giovanni López, ante las justas protestas de los jalisciences a ésta infamia, producida por sus decisiones autoritarias que pensaba apuntalarían su ascenso al poder.
Apenas hace poco formaba junto al resto de gobernadores de derecha un frente contra el gobierno federal y la presidencia de la república, porque les negaron el presupuesto para la pandemia en efectivo y a su capricho, blindándolo con ello de los infames desvíos a campañas políticas que solían hacerse hasta hace apenas dos años. Se engrandeció porque entre la oposición errática y lamentable que hay en contra de la cuarta transformación era el mejor posicionado, pero eso es como ser el más fuerte entre raquíticos: eso no basta para ganarse el voto de los mexicanos, que afortunadamente ya estamos curtidos contra la propaganda y las promesas vacías de los funcionarios oportunistas y egocéntricos.
Lejos de la idealizada autopercepción que debe tener como narcicista, la realidad es que se ha vuelto tristemente célebre como un ambicioso vulgar, un autoritario de corte fascistoide y no exagero de ninguna forma: la propaganda gráfica de Movimiento Ciudadano fue duramente criticada por ser muy semejante a la propaganda de Goebbels y el partido nacionalsocialista, al grado que tuvieron que retirarla. En ese contexto algunos internautas le pusieron el Mussolini de Tlaquepaque como apodo, tanto por su apariencia como por sus posturas intransigentes y el culto que pretende se rinda a su repudiable personalidad.
Poco han durado sus pretensiones y sus aspiraciones las ha truncado él mismo. Sin duda sería deseable un juicio político a éste personaje que ahora sufre un repudio ganado a pulso y todo porque prefirió ver arder su estado antes que reconocer que se ha equivocado y mucho, pero así son los enfermos de narcisismo: no son capaces de admitir sus faltas, ni de corregir sus actos.
Por el bien del Estado de Jalisco y su ciudadanía debería dimitir del cargo, también por el de su partido y por supuesto, debe haber justicia para Giovanni López, así como cargos para todos los policías que están igualmente abusando de la fuerza contra los manifestantes pacíficos, lo mismo que para los delincuentes que aprovechan las protestas para cometer robos y violencia con impunidad.

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