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Todo lo que no entiendo es comunismo

Gibran Hernández

Yo ya me cansé de repetirlo pero al parecer la nueva derecha, que no tiene ni el valor de asumirse como tal, no lo hará nunca: es su descalificación favorita y realmente creen que es una especie de carta infalible en un juego de rol, una invocación que derrota instantáneamente al adversario, sus ideas, y gana cualquier debate sin más discusión.


No podrían estar más equivocados, sin embargo lo creen realmente. Jamás leerán el manifiesto por lo menos, ya no digamos las obras menores y mayores de los pensadores del siglo XIX y XX que delimitaron la teoría político económica, pero así se han atrevido a redactar libros usando su terminología, seguros de que incluso ese famoso fantasma es real y efectivamente domina todo cuanto les rodea, es culpable de todas sus desgracias, de todos los horrores de la historia, los más obtusos incluso lo afirman de sucesos históricos previos al nacimiento del pensador judío alemán que aún en el presente es la causa de todas las pesadillas de la derecha en todas sus facetas: Karl Marx.


En los años 50 persiguieron a los actores de Hollywood y a cualquier ciudadano estadounidense en una cacería de brujas absurda e impensable en el presente llamada macartismo. Bastaba una simple acusación para que literalmente fueran llevados ante un tribunal a obligarles a declarar si eran partidarios de dicha doctrina, entraban en una lista negra y eran proscritos por el gobierno en un furibundo rechazo al enemigo eslavo y su unión de repúblicas: los soviéticos. Era definitivamente otra época y no les importaba en lo más mínimo pasar por encima de los derechos humanos y políticos de sus ciudadanos, de su libertad de conciencia y pensamiento, de libre asociación: descaradamente los perseguían con los prejuicios más absurdos.


Ahora ya no estamos en esas circunstancias, el mundo es básicamente unipolar y lo que queda de las naciones que aún defienden sus ideales políticos y tienen regímenes militares con esa tendencia son una minoría que ya no tiene el poder y la relevancia que tuvieron después de la segunda guerra mundial: la guerra fría la ganó el capital, el consumismo, la supuesta “libertad” (de mercado que tanto hemos criticado), y aunque hoy puede profesarse la convicción política que se nos dé la gana y podemos expresarla abiertamente, aún se escandalizan, sobretodo los libertarianos, cuando se habla de socialismo y comunismo. Ni siquiera los neonazis les producen tal escozor: de hecho hasta se coquetean políticamente y se reconocen entre sí, por más que lo nieguen. Algunos abrazan gustosos la simbología del reich, la exhiben con orgullo, al mismo tiempo que condenan al comunismo y hablan de “100 millones de muertos”, a veces inflan más la cifra, supuestamente causados por los regímenes, en los que cuentan las hambrunas provocadas por los planes quinquenales de la economía planificada, los campos de trabajos forzados, etcétera. Si bien es cierto que a todos nos deberían indignar sin excepción crímenes como los de los jémeres rojos, el asesinato de Roque Dalton y atrocidades semejantes, es ridículo cómo se deshacen en justificaciones o desvergonzadamente en elogios cuando se habla de la dictadura de Pinochet y sus brutalidades: como ese fue aplaudido por Milton Friedman y mató comunistas, es bueno, un héroe: ahí estuvo bien eliminar seres humanos con lujo de crueldad porque al ser adversarios, les quitan su condición y dignidad sin temor.


Tal es la estupidez política e ignorancia supina de la “nueva” derecha, tan rancia, retrógrada y conservadora como la vieja, pero mucho más iletrada, que tildan igualmente de comunista al socialdemócrata, al capitalista de bienestar, al que pide reformas a leyes injustas, vamos: cualquier derecho humano básico o petición de carácter colectivo, reivindicatorio, de equidad, de respeto a alguna minoría. Todo lo que represente humanidad y decencia, conmiseración y empatía humanas para ellos es comunista: “marxismo cultural”. Ésto último se lleva el premio a lo más absurdo porque lo mismo lo usan para hablar del feminismo radical que de la comunidad LGBT. Y lo peor es que se les toma en serio, a semejantes analfabetos históricos y políticos, cuando deberían ser objeto de burla, pues no tiene la más mínima seriedad, ningún rigor el uso del término como lo emplean.


Que termine pues este disparate y se les niegue la validación al discutir con quien emplea de forma tan bastarda un término que implica muchas lecturas obligadas para poderse decir marxista o comunista: al menos como tales los pocos intelectuales de la generación pasada que se identificaban como marxistas eran sociólogos, politólogos, líderes sindicales, obreros y campesinos que habían leído a conciencia a los autores originales del Capital, de “La familia, la propiedad privada y el estado”, a Gramsci, etcétera.


Los contemporáneos como Slavoj Zizek se denominan neomarxistas a sí mismos pues hacen una interpretación moderna de las ideas de Marx y no convocan como tal a la revolución popular armada, pues consideran que ni siquiera es viable en las condiciones del presente, lo mismo Byung Chul Han. Debaten entre sí sus interpretaciones sociopolíticas con seriedad.


Por eso no sólo es ridícula la manera en la que usan la terminología los neoliberales, sino odiosa: únicamente los exhibe y nos dice que estamos ante un interlocutor sin honestidad, ni preparación intelectual que quiere descalificarnos rápidamente. Como aquella alegoría de la paloma jugando al ajedrez, regodeándose de haber ganado la partida por tirar las piezas del tablero.

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